sábado, 7 marzo, 2026
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Juan Cruz Ruiz: No hay en la extrema derecha compasión ni capacidad de diálogo

MADRID.- Parado bajo el dintel, recibe con la puerta y la sonrisa abiertas, generosas. Solo dos pasos bastan para advertir que Juan Cruz Ruiz (Puerto de la Cruz, Tenerife, 1948), uno de los periodistas más importantes de España, autor de más de cuarenta libros y editor de grandes luminarias de la literatura hispánica, no vive en una casa ni en un piso. Vive en una biblioteca. Su luminoso ático del barrio de Chamberí tiene libros por todas partes. La entrada, el salón, los pasillos, los cuartos, el suelo y las paredes. Hasta el comedor, desde donde se dominan todos los ambientes, es hoy un improvisado escritorio, porque el que él usaba habitualmente lo ha cedido a su hija Eva que, junto al nieto Oliver (13), vive con Juan Cruz y su esposa Pilar. Todos menos el niño son del gremio, lo que contribuye a que la estancia entera sea un santuario consagrado a las letras.

En el ascensor, antiguo y de rejas, un sueño de los que quedan pocos, no se vio ninguno, y puede que la cocina y los baños se salven, aunque esta cronista no lo puede asegurar. El resto está copado y cooptado. “Cada vez que veo un libro es como que veo un amigo que no puedo dejar atrás”, dijo Juan Cruz al terminar el encuentro.

Libros, carpetas, recortes, manuscritos, más libros en medio de recuerdos con vida propia. Habitan entre sus páginas más de setenta años de vida y toda su memoria periodística, que es la que más fuerte palpita en este señor que debutó adolescente, apenas 13 años, en la redacción del semanario Aire Libre, en su Tenerife natal. Los de El Día y La Tarde fueron los pasos previos al salto hacia El País, hito en el periodismo español que celebra medio siglo el próximo 4 de mayo, y donde formó parte del team fundacional que lideraba otro periodista histórico de habla hispana: Juan Luis Cebrián.


Trump es un hombre que ha decidido que es el mejor del mundo y lo dice. Y lo único que hay ahora contra él son canciones


Estaban en aquella redacción de la calle Miguel Yuste al 40 de Madrid, Javier Pradera, Fernando Savater, Manuel Vicent, Soledad Gallego Díaz, entre tantos otros notables. A Juan Cruz le tocó la corresponsalía en Londres, pero luego fue redactor jefe de la sección de Cultura y adjunto a la dirección, con un interregno de trece años (1992-2005) en los cuales al traje de periodista y escritor sumó otro en que también hizo escuela: el de editor de libros. Dirigió Alfaguara y luego Jesús de Polanco le pidió que se encargara de la Oficina de Autor, todo siempre dentro del grupo Prisa. “El periodismo es como si me lavara los dientes. Forma parte de mi tarea vital”, ha dicho.

De esta etapa en la que anduvo de aquí para allá con Borges, Vargas Llosa, Gunther Grass, García Marquez, Carlos Fuentes, Octavio Paz, Almudena Grandes, Onetti, Padura, Susan Sontag, Jorge Semprún, en fin, la creme de la creme de las letras, se encuentran estupendos frescos en Egos revueltos (2010, Premio Comillas) y Secreto y pasión de la literatura (2025). En estos libros traza relatos y perfiles de estas vacas sagradas al derecho y al revés, con encanto, picardía, humor e inocentes dosis de malicia. Atención que en abril sale Inolvidables, un volumen que editará Galaxia Gutenberg con las principales entrevistas de Juan Cruz Ruiz, desde Susan Sontag a María Zambrano, y en septiembre, el libro sobre su madre, que uno adivina memorable por la huella que Juana, así se llamaba, ha dejado en su vida.

Periodista, escritor y editor. ¿Qué pasión lo representa más?

-Es que yo no soy esas tres cosas. Yo soy una persona. Cuando me despierto por la mañana y escucho lo que pasa, lo escucho como periodista, como ser humano, como padre…

-Pero ha incluido la palabra “periodista”

-Sí, periodista, por supuesto. Desde los 13 años.

Toda una vida preguntando

-Sí, yo era el que preguntaba. Eso decía mi madre, este chico se pasa toda la vida preguntando. Hay una anécdota que yo la digo como verdadera, pero a lo mejor me la he inventado. Lo que es cierto es que en un momento determinado de mi vida como periodista, como periodista que quería ser periodista, yo llevaba el periódico local a casa. Y ella no le hacía caso. Hasta que un día la vi sentada en el patio de la casa, leyendo el periódico. Escarranchada (palabra canaria), así como las viejas. ¿Has visto? Sentada en un banquito con el diario desplegado delante, en una mesa baja porque eran grandes los periódicos en esos tiempos. Entonces ella leía. Sabía leer y escribir muy bien, pero no ponía puntos ni coma ni nada. Y ni se preocupaba por eso. Por lo tanto, no sabía cómo se decía Kissinger, por ejemplo. Y cada vez que llegaba a Kissinger hacía una onomatopeya: decía planplanplan. Bueno, pues mi madre leía el periódico todos los días por la tarde. Y yo siempre he pensado que eso era una respuesta a lo que me había dicho mi padre: “Juanillo, no te hagas periodista, porque los periodistas están siempre con los calzones rotos por el culo”. Y entonces mi madre, creo yo, se ponía a leer el periódico para que mi padre supiera que ella sí lo aprobaba.

-Qué gesto de amor más maravilloso.

-Sí. Una vez, el director del periódico de Tenerife en el que yo trabajaba, que sabía que me iba a trabajar a El País, llamó a mi madre para decirle que no se le ocurriera dejarme ir, porque ese periódico iba a durar poquísimo.

-¿Y ella qué hizo?

-Nunca me dijo nada. No le hizo caso ni al director del diario ni a mi padre.

-Más amor…

-No, ella tenía conciencia de que si yo no era periodista… De hecho, yo era asmático, asmático grave… Pero ella quería que yo fuera quien luego fuí. Un periodista. Yo soy periodista por mi madre.

-¿Por qué quería ser periodista de tan pequeño?

-Porque oía la radio. Yo aprendí a leer gracias a la radio y a mi madre. Porque yo no podía ir a la escuela. Iba, pero luego no iba. Era asmático, asmático grave.

-¿Sufría ese estado?

-No, no. Yo sabía que había noches que mi madre y mi padre me sacaban de la muerte. Me llevaban al patio, me tiraban agua y entonces yo me revivía, revivía directamente.

-¿Se curó el asma?

-Sí, bueno, ya soy un asmático de lujo. Ya no soy asmático. Pero allá, en Puerto de la Cruz, mi pueblo, sufría el asma porque era muy húmedo

Se le iluminan los ojos cuando cuenta que está escribiendo nuevamente en El País, del que se había despedido hace cuatro años. “Hubo un tiempo en que estuve trabajando en Prensa Ibérica [2022-2024], que es un grupo de prensa, pero en realidad nunca dejé de tener una relación con El País. De modo que cuando se incorporó el nuevo director, Jean Martínez Ahrens, me dijo que escribiera para el periódico otra vez y ahí estoy”.


Todos los periódicos, si no se adocenan, cada vez que salen son de nuevo periódicos, todos los días un periódico es el periódico. El nuevo.


-¿Y cómo lo siente?

-Muy bien, me siento como un chiquillo que de pronto se ofrece a hacer en el periódico lo que quieran los jóvenes. Y ahora que te lo estoy contando, me viene a la cabeza una memoria que es muy emocionante y también triste. Hubo un corresponsal que se llamaba Feliciano Fidalgo, que mataba por El País. Estaba en París hablando siempre de El País como si él estuviera en la redacción. Al cabo de un tiempo lo trajeron para Madrid, pasó el tiempo, se puso enfermo, pero seguía yendo al periódico. Y ponía aquí delante un papel, en el que tenía que escribir algo. Y yo a veces pasaba por donde él estaba. Y él estaba mirando el papel, y no escribía nada. La hoja estaba en blanco.

-¿Tiene nostalgia?

-No, la nostalgia es diaria. Es diaria en todas las eras de nuestra vida. Tú tienes nostalgia a lo mejor de lo que acaba de ocurrir. La nostalgia forma parte de nuestro espíritu, pero pasa que la llamamos de otra manera, de muchas maneras. La nostalgia tiene un montón de nombres, es como una sucesión de novias que hemos tenido. De novias, o de novios. La nostalgia es un error. No recuerdo quien lo dijo, pero se que alguien escribió un día ese título… Pero se puede buscar.

-A ver, a ver qué dice Google. Acá está. José Luis de Vilallonga. Tituló un libro con esa frase.

-Pues ya está.

El País cumple ahora medio siglo de vida. ¿Con qué estado de salud lo encuentra este cumpleaños?

-Creo que está renaciendo. Todos los periódicos, si no se adocenan, cada vez que salen son de nuevo periódicos, todos los días un periódico es el periódico. El nuevo. Todos los días tiene que ser nuevo. Si no es nuevo, es llanto. Los periódicos no deben llorar nunca.

-Muchos acusan a El País de ser oficialista.

-Nunca lo fue. Pero cuando se tomaba como tal, sobre todo, era porque el gobierno hacía lo que decía el periódico El País, no que el periódico hiciera lo que decía el gobierno.

-¿Vale esto para el tiempo presente?

-Sí, creo que en este tiempo presente, más que nunca, así es.

-La prensa está siendo atacada ferozmente en estos tiempos….

-Sí, claro, está sufriendo mucho. No hay sino más que leer lo que dicen los distintos periódicos en España. La manera de contar lo que ocurre es disímil por completo. Totalmente. Y entonces eso se ve en las radios, en las televisiones, en todas partes. En este momento, el periodismo está viviendo un ahogo de todo tipo.

-¿Qué es más peligroso para el periodismo, la IA o el ataque de los autócratas?

-A mí me parece que nosotros, los periodistas. Si nosotros, los periodistas, lo hacemos bien, da igual que haya inteligencia artificial. Nosotros tenemos que cumplir una sentencia que yo le escuché decir a Eugenio Scalfari (creador del diario italiano La Repubblica) al final de curso, cuando El País puso en marcha su escuela de periodismo. Él decía “periodista es gente que le dice a la gente lo que le pasa a la gente”. Tú lo habrás escuchado muchas veces seguramente.

-Sí, lo he escuchado a usted y lo leí en sus libros.

-Sí, lo digo desde que lo escuche, es como una manera de tenerlo siempre presente cuando escribo. Cuando estoy escribiendo un artículo, que es como más libre, yo sé que no puedo decir lo que me dé la gana. Tengo que tener cuidado conmigo y tengo que tener cuidado con la información y en cómo la doy. Hay un instrumento muy importante a la hora de explicar lo que pasa, que es decir “no sé lo que pasa”. Tú puedes decir, no sé lo que pasa. Pero si tú de inmediato dices ‘Ah, a mí me lo dijeron’, ya estás destruyendo periodismo. Periodista es gente que le dice a la gente lo que sabe. Pero porque lo has visto, o lo has comprobado. Hay un libro… tengo tantos libros… Hay un libro que tiene nueve puntos. El segundo punto es la obligación de verificar. A ver, a ver, donde está… Tengo que encontrarlo. Apaga, apaga eso y lo buscamos.

Y partimos en expedición por el pasillo, que resultó ser un pequeño universo donde cada cosa tiene cuerpo y alma. Y memoria, y belleza, y misterio de un vivir riquísimo en experiencias, anécdotas, viajes, personajes increíbles.

Juan Cruz escribe -y ha escrito- rápido y mucho, columnas, entrevistas, crónicas, ensayos, novelas, biografías y memorias. En más de sesenta años de periodismo lleva publicados casi medio centenar de libros, el primero de los cuales fue la novela Crónica de la nada hecha pedazos (1972), premiada con el Benito Perez Armas a la narrativa. Dos libros los ha dedicado a su nieto: El niño descalzo (2015) y El niño de las siete (2015). Y varios sobre el periodismo, su gran pasión: ¿Periodismo? Vale la pena vivir para este oficio (2010); Especies en extinción (2013); y Un oficio de locos: editores fundamentales (2012), son algunos de ellos. Pero entre los más conmovedores lleva la delantera Ojalá octubre (2007), un canto de amor a su padre. A través de la mirada de aquel hombre melancólico, el periodista recorre su vida, su infancia de niño asmático en medio de la precariedad económica que imponía la posguerra y un tiempo donde pudo faltar comida pero jamás amor, ni abrazos, ni risas ni alegría.

Recorremos el pasillo y él va presentando partes de su historia en cada recuerdo, franco y abierto, con el corazón en la mano y la alegría de contar. Relata anécdotas, desliza un “deberías leer este libro sin falta” y hasta tira ideas con esa generosidad propia de los editores que honran su nombre. En cada tramo vive un relato. Hasta saca un manuscrito propio, que luego fue la novela Asuan (1996), y confiesa bajando el tono que “Venía yo aquí de mal de amores. Pero volví, y terminé dedicándoselo a mi mujer”.

En la pared siguiente, un cuadro con una foto en un blanco y negro donde se adivina el sol. Allí están todos: su padre, él mismo, su hermano Paquillo y sus hermanas Carmela y Candelaria. Su madre tiene en brazos dos niños rubios casi blancos. Gofio y Tamara, los vecinitos suecos, hijos de Bjórn Malmeströom, que pintó en 1998 el cuadro de Juana que descansa frente al ordenador donde Juan Cruz teclea su vida literaria, o su vida.

En la acuarela ella está apoyada en el marco de la puerta y otea hacia la izquierda, pelo negro largo atado en la nuca, el cuerpo amplio y acogedor bajo el vestido negro de época, a media pierna. Parece una tarde de verano. Aquí, como en todas las imágenes, está sonriendo, abrazando, tocando, apapachando.

“Mi madre siempre tenía en todo lo que hacía, un modo de ser propio. No era cualquier cosa, lo que dijera o lo que hiciera. Ella era siempre una mujer esperando que lo que nosotros hiciéramos fuera importante o valioso. ¿Sabes? Y eso es algo que tú no sabes mientras está ocurriendo. No lo sabes. Después pasa el tiempo, … y pasa el tiempo”.

De pronto, escoge una carpeta entre una pila y saca copias de cartas manuscritas por ella con una letra inclinada armoniosa y prolija. En otra están los prints del libro que le dedica, ya terminado y esperando su corrección última, para pasar al editor. Lo ha escrito con su lenguaje, con su particular manera de hablar, con sus giros y sus modismos canarios. Botar a la basura, por ejemplo, o calufo (mucho calor), rejo viejos, palabras típicas de aquellas tierras donde nació.

-¿Recuerda bien su modo de hablar?

-Sí, más cuando me pongo a escribir. Pero tengo que estar contento. Si no estoy contento, no puedo escribir el libro de mi madre, ¿qué cosa, no? Ella procuraba estar siempre contenta. Ella simulaba que estaba contenta.

-¿Simulaba?


Si hay alguien bien entretenido, que yo he conocido en mi vida, ha sido Borges. De él solo tengo sonrisas


-Sí, porque yo era un chico muy enclenque, entonces ella cantaba para que yo estuviera contento. La risa es el llanto bien llevado decía ella.

-Es bueno quedarse con ese recuerdo.

-Si, señora, pero uno se da cuenta más tarde. De todo, de todo nos damos cuenta más tarde.

El libro que buscamos sigue sin aparecer, pero en la cima de una montañita de libros apoyados en el piso hay tres tomos que huelen a estreno. Una edición extraordinaria de los ensayos, cuentos y poesía completos de su admirado Borges. Los acaba de lanzar Alfaguara para conmemorar los cuarenta años de la muerte del argentino que se cumplen pronto. “Es una trilogía que siempre suena a poesía. No importa que aquí aparezcan cuentos, ensayos y poemas. En Borges todo es poesía”, dice Juan Cruz, y agrega: “Es el escritor más ingenioso, menos engreído, más cercano a la perfección que puede esperarse de quien trabaja con la pluma”.

Buen momento para recordar una historia de 1983, cuando Juan Cruz, a pedido de Javier Pradera, su colega en El País y editor de Borges, le pidió que lo llevara a pasear por Madrid ya que María Kodama estaba de viaje por el sur de España. No solo lo llevó, sino que escuchó a Borges cantando en islandés después de enumerar las razones de su amor por ese país nórdico; le dio de comer en la boca la vichyssoise que había pedido, ayuda que el genio argentino aceptó con alegría, y al día siguiente le armó la maleta!!! La historia está contada en el primer relato de su libro Secreto y Pasión de la Literatura en estos términos: “Me tocó ayudarle con las maletas, y ahí estuvo Borges como jefe del ayudante. Me dijo que debía tener cuidado con las camisas, todas ellas impecablemente planchadas, pulcras. “Déjelas respirar, procure para ellas unas rendijitas”. Luego bajamos al lobby y me guio a un sitio que él consideraba sagrado entre todos los que él había transitado en otras estancias en el Palace. Me llevó a que nos sentáramos bajo la cúpula de cristal. El con su bastón, su traje impecable, diciendo: “Este es el sitio donde mejor se ve el techo del mundo, y fíjese que no es el mundo sino el techo, pero si usted mira bien cualquier cosa que tenga techo es cielo también”.

-¿Cómo lo sintió usted?

-Un ser humano entretenido. Entretenío, como dicen los chilenos, como dice José Donoso. Y si hay alguien bien entretenido, que yo he conocido en mi vida, ha sido Borges. De él solo tengo sonrisas. De aquella noche, yo solo tengo su sonrisa. Y de aquel día siguiente.

-¿A propósito de Egos revueltos, como era el ego de Borges?

-Menor que el de Kodama.

-Ha entrevistado a muchísimos personajes. ¿Qué entrevista le gustó más o fue la más importante?

-La mejor me parece que fue la que le hice a Jorge Semprún.

-¿Por qué? Sé de su admiración por él…

-Porque ese hombre no nació para la mentira.

-¿Y cuál fue la más difícil?

-Susan Sontag fue difícil en persona, era difícil. Yo fui su editor y también su entrevistador y jamás he visto a alguien tan tensa y difícil como ella. Era una persona que tenía un alto grado de inteligencia que se combinaba también con un alto grado de exigencia.

-¡Qué combinación! ¿Usted es exigente?

-No, yo soy una persona débil.

¿Consigo mismo?

-No, no. Conmigo soy muy duro. Pero con respecto a la gente, siempre me da la impresión de que yo tengo la culpa.

-¿La culpa de qué?

-De cualquier cosa. De cualquier cosa, cualquier cosa. Siempre que ocurre algo, siento que la culpa fue mía.

-Pero debe haber sido un editor muy apreciado. Es comprensivo, seguramente, y protector. Sabe guiar, se nota.

-Eso es cierto. Me preocupa… que la gente no sea feliz, y lo noto rápidamente. Yo soy muy proclive a querer impedir que los demás sufran.

-Bueno, no está mal.

-Sí, claro, pero es un trabajo también.

-¿Está contento con su vida?

-A veces depende de la hora. Prefiero siempre las siete de la tarde.

-¿Tiene mal despertar?

-Bueno, depende, hoy por ejemplo que salió la entrevista a Manuel Vicent me siento confortable, pero me me dura un rato, no mucho.

-¡Más periodista, imposible!

-Es que yo soy un periodista, un periodista desde los 13 años, imaginate. La alegría es un canto… leve.

-¿Algo más lo alegra?

-Me alegran cosas que tienen que ver con mi trabajo. Y también con mi hija o con mi familia en general.

-¿Y qué lo enoja?

-La maldad. La maldad que observo es la maldad de las personas y los hechos.

-Su ego parece estar bastante domesticado, o menos revuelto.

-Sí, porque me da pena el que sufre. Entonces no puedo tener tanto ego.

¡Que buen tema el de los egos para seguir profundizando! Pero… ¡Eureka! Aparece el libro buscado y mucho más a mano de lo pensado. Los elementos del periodismo, de Bill Kovach y Tom Rosentiel es el título. “Mira, estaba acá nomás, mirándome. Esto es lo que tenemos que hacer los periodistas. Te leo: 1) Primera obligación la verdad; 2) Lealtad hacia los ciudadanos; 3) Verificación; 4) Los periodistas deben ser independientes de los hechos y personas sobre las que informan; 5) Deben ser vigilantes independientes del poder; 6) Dar tribuna a las críticas públicas y al compromiso; 7) Hacer de lo importante algo interesante y oportuno; 8) Seguir las noticias de forma exhaustiva y proporcionado; 9) Deben tener derecho a la libertad de conciencia. Esto es para mí la esencia del periodismo. Hoy me produce mucha melancolía ver las cadenas de tv, los periódicos, la radio, cómo se utiliza la voz del periodismo para contar sus opiniones”.

No soplan buenos vientos. Habrá visto lo que pasa en The Washington Post.

-Sí, claro, yo he escrito un artículo la semana pasada que se llama Llanto por un periódico. Yo entrevisté a Ben Bradlee, y también a Marty Baron, los dos son espejo de momentos distintos de ese periódico. Bradlee, con el caso Watergate, abrió la mirada del periodismo. Y cuando llegó Marty Baron, que había hecho historia con la investigación de los abusos de los curas que publicó el Boston Globe, empezó otra era del periodismo, de la que él se retiró porque no se adecuaba a su idea de lo que debe ser nuestra profesión. Luego llegó Bezos y empezó a demoler esa idea del periodismo. Y todas esas cosas están causando toda esta debacle. Es muy sugestivo que The Washington Post ahora no tenga crítica literaria. Es una señal de destrucción de lo que es un elemento sustancial del periodismo. Tú no puedes abrir The New York Times y no encontrar el Book Review. Yo creo que la idea de Trump es la destrucción de lo que es el periodismo, la idea de la poesía, de la literatura.

Desandamos el pasillo y volvemos a la que es su mesa de trabajo en estos días, su mundo. Coronando varias pilas de libros aparecen Tres tristes tigres, de Cabrera Infante, uno de sus libros preferidos; A favor del placer, de su gran amigo y colega Manuel Vicent; Lo que no se ve, de Cristina Fernández Cubas; y Los golpistas, de Jaime Bayly. Toma entre sus manos uno que está sobre un pequeño atril de madera clara y cuenta que lo presentará en unos días. Se trata de Para tener una casa hay que ganar la guerra, una autobiografía del poeta catalán Joan Margarit que rescata la memoria de la Guerra Civil Española. “Es un libro maravilloso este. Y al que no lo haya leído, que se confiese”, dijo entonces.

-¿Qué recuerda de aquel tiempo?

-Bueno, yo nací en el 48, con lo cual tengo experiencia de la otra guerra, que fue la guerra sin guerra, la posguerra fue la guerra sin guerra.

-Un tiempo de silencio, como ha dicho en sus libros.

-Fue terrible, porque la pobreza fue parte de la vida, de la vida de mucha gente. Sin duda de mi familia, ¿no? Y eso fue una guerra también. La guerra del silencio, ¿verdad? Hay una canción de Raimon, un cantante valenciano, que dice “Jo vinc d’un silenci antic i molt llarg”. Yo vengo de un silencio antiguo y muy largo. Nosotros venimos de un silencio largo en España. Lo que pasa es que ese silencio ha generado la sensación, últimamente, de que no pasó nada. Porque, por ejemplo, la derecha se ha hecho ultraderecha. Y está dando la impresión a la sociedad de que ellos son la verdadera esencia de lo que España es, un país libre, un país… y España todavía no es eso. España es un país difícil y la extrema derecha se ha hecho de la derecha. La derecha se ha hecho de la extrema derecha y viceversa.

-¿Por qué lo ve tan difícil?

-Porque lo veo todos los días, lo escucho todos los días. No hay en la derecha, ni en la extrema derecha, compasión. No hay capacidades de discusión entre contrarios. Entonces todo eso me está produciendo un enorme estrés. Y a la sociedad también, porque no hay sosiego.

-El modelo de las antinomias se reproduce en muchos lugares.

-Hombre, ahora hay un apellido fatal en la sociedad mundial. El apellido Trump. Eso es un apellido muy duro. Un apellido que ahora está siendo utilizado en Venezuela, en el sur de América, en Cuba, en Irán, en todas partes. Es un apellido que se usa ahora en España también. El PP no dice nada de lo que hace Trump. Y Vox, que es peor, tampoco. Están como esperando tomar el poder para ser parte del poder de Trump. Es un hombre que ha decidido que él es el mejor del mundo y lo dice. Y bueno, se le está tratando de parar con canciones. Lo único que hay ahora contra Trump son canciones. Parecen las canciones de Joan Baez. O las canciones que hacíamos en los 60 para que el Che Guevara resucitara. Pues ahora ya no hay Che Guevara, y además, resulta que el Che Guevara se nos estropeó…

-¿No hay más utopías?

-Sí, sí, hay. Son los niños…. La utopía son los poemas. La poesía, la literatura. La poesía siempre lo fue. Ya lo decía el poeta Celaya. La poesía es un arma cargada de futuro.

PERIODISTA, ESCRITOR Y EDITOR

PERFIL: Juan Cruz Ruiz

Juan Cruz Ruiz nació en Tenerife, España, en 1948. Es licenciado en Periodismo.

Ha desarrollado una extensa labor como periodista en el diario El País, de Madrid, en el que participó de sus inicios, en 1976.

De 1992 a 1998 dirigió la editorial Alfaguara.

Entre otros libros, escribió Crónica de la nada hecha pedazos, Retrato de un hombre desnudo, Ojalá Octubre, Muchas veces me pediste que te contara esos años y El niño descalzo.

Plasmó sus memorias de editor en Egos revueltos, Especies en extinción y Beatriz de Moura. Por el gusto de leer.

Obtuvo los premios Canarias de Literatura, Azorín de novela y Nacional de Periodismo Cultural, entre otros.

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